La pausa activa de los días nublados

(Dale al play antes de leer).

Estos días nublados me hacen pensar Madrid en blanco y negro. Además, parece que el frío y el gris nos obliguen a estar un poco recluidos, y no sólo es en casa, sino recluidos en general, en nuestras nebulosas personales y en los miles de interrogantes que nos hemos visto obligados a resolver, vista la deriva que lleva este país desde hace ya un buen rato. Esta especie de pausa que parecen ser los días grises, no necesariamente es sinónima de inactividad. De hecho, esta niebla en blanco y negro de los días nublados me hizo pensar en Armonías de Werckmeister (Werckmeister Harmóniák), una película que el húngaro Béla Tarr realizó en el año 2000, cuyo tema principal estaréis escuchando, (¡si habéis seguido las instrucciones!). Este fantástico director ha sido un gran desconocido hasta hace poco, de hecho, sus películas se subtitularon al español en el 2006 más o menos, por lo que su visionado en inglés o en húngaro era cosa de unos pocos privilegiados.

¿Por qué me he acordado de esta película? La llegada de un extraño circo ambulante irrumpe la aparente vida tranquila de un pequeño pueblo húngaro. En este circo viajan dos grandes promesas de lo inolvidable: una ballena gigante y un personaje al que jamás vemos, llamado El Príncipe. Todo ello, bajo un delicado “clima político” cuya portavoz es una señora llamada Tünde, que entrega al personaje principal, János, una lista con los nombres de la gente buena que queda en la ciudad, al igual que Dios le pidió una lista de hombres buenos al bueno de Noé, antes de acabar con todo el mundo conocido (o al menos, así se cuenta). Se podría explicar más o menos de esta manera el argumento base de Armonías de Werckmeister, pero… nos quedaríamos realmente a años luz de expresar su contenido más profundo.

Armonías… no se aleja de la idea principal de todo el cine de Tarr, aquella de que cualquier aislamiento es germen de neurosis, de locura, y loco acaba el personaje protagonista. Durante toda la película, se tiene presente esta idea de encierro, como en un día nublado, y son varios los personajes que aconsejan quedarse en casa para no correr peligro. El protagonista, un chico llamémosle sencillo, que hace las funciones de recadero, no entiende por qué una simple ballena puede causar tal reclusión. Y es que todos los personajes de la película están recluidos, ya sea en sus casas dónde János entra y sale llamando tío y tía a todo el mundo, o recluidos en la propia calle, parados sin más en la plaza del mercado, sin poder salir de ese cuadrado de adoquines al estilo Ángel Exterminador, de pie alrededor del búnker donde también está encerrada la ballena. ¡Vaya lío de muñecas rusas!

En la película de Tarr se pueden reconocer infinitos rasgos que muy reconocibles de su manera de filmar, como los planos secuencia, los travellings que siguen a un personaje como si fuésemos una especie de fantasma, las miradas constantes al fuera de campo o los planos estáticos que siempre tienen ese sabor agridulce, una especie de sonido bemol. Y de sonidos también va Armonías, ya que la banda sonora compuesta por Mihály Víg, es una pieza fundamental, y acompaña a los momentos más bellos de la película. En el primero Janos, transforma un triste bar en una especie de ágora, y simula los movimientos cósmicos con un grupo de borrachos. En la secuencia que cierra la película, y guiados por otro de los personajes clave, el tío Gyuri, vemos a la famosa ballena, ahora abandonada en la plaza del pueblo. Este animal, que había sido custodiado, envidiado, se queda a su suerte en medio de la nada, haciendo una comparación poética con el sentido de la vejez, del abandono. Este encuentro entre dos titanes, el cetáceo y el anciano, como el encuentro de un cansado Acab con su Moby Dick, pone el punto y final a esta historia de belleza agridulce, de compasión y esperanza.

En Armonías, hay un constante tira y afloja entre la distancia que toma la cámara en lo que se ha denominado cines del este y a la vez, la más sofisticada cercanía. Hay momentos en los que la cámara olvida las acciones o las acciones olvidan la pantalla y se nos muestra ese caos del cuadro, los personajes entran y salen de él, y lo que es más llamativo, miran repetidas veces al fura de campo, como si los acontecimientos “verdaderos” estuviesen pasando allí. Lo mismo que cuando estamos encerrados en casa porque está nublado y hace frío, miramos por la ventana como si fuera una pantalla de cine, pero las cosas no pasan para nosotros justo enfrente de nuestra ventana. Tarr nos deja claro así que lo verdaderamente importante en su mirada son los personajes en su cotidianeidad, en sus acciones banales, y que éstas acciones son los verdaderos acontecimientos de su cine. Si hay o no una invasión política, una ballena en un búnker… eso da igual, lo realmente interesante es ver cómo los personajes responden ante esta amenaza, y como, a fin de cuentas, pasarte unos días recluido y parado puede hacer que por dentro, todo se cuestione, mute y, a veces, cambie.

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